Silos

Para quienes se fijan en ellos, su presencia genera inquietudes. ¿Por qué están allí? ¿Para qué sirven? ¿Tendrán algún uso? Podrían ser el escenario perfecto para la filmación del video musical de un músico “urbano contemporáneo”: láminas metálicas acopladas unas con otras, sobreponiéndose con su robustez y contundencia a la altiplanicie y al tiempo. Claro está, el paso de los años ha dejado sus huellas y el óxido ha otorgado nuevos tonos a las superficies. Además, algunos nuevos y anónimos visitantes han impreso sus propias marcas con grafitis coloridos y otros dibujos de formas a veces indescifrables, pero que ciertamente contribuyen a esa atmósfera enigmática. Para el Quijote serían monstruos colosales, para la ciudad actual son testimonios de propósitos de industrialización, de búsqueda de “progreso”, de mutación constante. Su función original ya no se cumple más. Los granos ancestrales en su estado natural o los alimentos sometidos a dispendiosos procesos han dejado de ser resguardados allí para dar paso a todos los interrogantes causados por su presencia.


 

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Para conocer más

  • Basilio Calderón Calderón, Henar Pascual Ruiz-Valdepeñas. El lugar del patrimonio industrial en los procesos de transformación urbana: de la ruina a la explotación de las reliquias fabriles en Valladolid. En: Ería, revista cuatrimestral de geografía, Nº 72, 2007, págs. 55-73.

Conexión con otros elementos

Como también sucedió con el aeropuerto, la aparición de los silos se dio hacia la mitad del siglo XX. Estas obras ocuparon áreas que no estaban urbanizadas, con lo cual impulsaron el crecimiento de la ciudad hacia sectores diferentes al centro histórico. Así, ambas refieren la historia de una descentralización caracterizada por la expansión sobre terrenos aún considerados como rurales por aquel entonces.

Por otra parte, su puesta en funcionamiento fue presentada como una tecnificación y modernización de la infraestructura necesaria para almacenar y procesar la riqueza agrícola de la tierra, representada por cereales como el trigo, cultivado por primera vez en Tunja en el punto donde hoy se encuentra el monumento que lleva el nombre de este cereal.

Miles de silos han sido construidos y utilizados en distintos lugares del mundo, en diferentes momentos. Por presentar características a lo largo de los años similares al caso de Tunja, cabe mencionar el Silo de Mérida (España). Sus primeras congruencias con la edificación local son el año y los propósitos de su aparición: surgió a mediados del siglo XX, en 1951, en el marco de la Red Nacional de Silos y Graneros desarrollada a partir de 1940, como parte de una serie de iniciativas orientadas al desarrollo industrial de la ciudad.

Igualmente, en una dinámica semejante a la concebida para Boyacá, con la Red española se pretendía comprar el trigo a los agricultores, disponer de una reserva del cereal y de una infraestructura que permitiera su adecuada manipulación, selección y tratamiento. Era, además, una forma de regular el precio del producto y garantizar el acceso de la población a los alimentos básicos.

Aunque su aspecto y materiales difieren pues se trata de torres con ángulos rectos y elaboradas en concreto y ladrillo, el edificio corresponde con el lenguaje estético funcional, propio de las construcciones de este tipo edificadas a partir de los años cincuenta, enmarcadas en el estilo internacional de privilegiar la relación forma-función y de seguir un modelo económico en serie. Aunque ha experimentado cambios de administración no se le ha abandonado.

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