Lavaderos

Era una reunión habitual e incluso esperada. Las mujeres descargaban sus canastos cargados con toda la ropa que tras sus propias faenas, las de sus patrones o familiares, se había hecho merecedora de la dignidad del lavado. También llegaban sábanas, cobijas, quizá una cortina, en fin, todas aquellas prendas y similares que con el esfuerzo de las manos y la ayuda de una barra de jabón, quedaban nuevamente dispuestas para servir a sus usuarios. Por supuesto, todo era posible gracias al líquido cristalino, ofrecido en abundancia por las entrañas de la tierra desde tiempos inmemoriales. Mientras enjuagaban, restregaban y secaban, las lavanderas se ponían al tanto de sus historias más cercanas, se confiaban alguna infidencia, discutían los vaivenes de sus parroquias y ventilaban sus diferencias. Así habrían sido las jornadas en la Fuente Chiquita, uno de los manantiales ancestrales de Tunja donde además de manar el agua, utilizada para el sustento y el esparcimiento, los lavaderos allí instalados hicieron de una necesaria actividad doméstica, una tradición.


 

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Historia

lavaderos fuente chiquita

Ubicada en las proximidades de su poblado, la fuente de “Soja”, como la llamaban en su lengua, ya era para los Muiscas un sitio tradicional donde acudían a recoger el agua necesaria para sus quehaceres. Este mismo uso fue adoptado por los españoles, una vez llegaron al territorio Muisca e iniciaron la colonización. En crónicas del siglo XVI se la describe como un nacimiento situado en un valle pantanoso al nororiente de Tunja, en el camino de Toca, del cual manaban “dos muy gruesos caños”, de “mucha y muy buena agua” que corría de “Oriente a Poniente” y era “bebida por la ciudad”. Tras las reparticiones de tierras hechas por los conquistadores, quedó situada en las huertas cuya propiedad correspondió al fundador hispánico de Tunja, Gonzalo Suárez Rendón.

lavad IGAC1939En medio de la evangelización y aculturación de los indígenas, aquel nombre nativo fue borrándose de forma paulatina y pasó a llamarse, simplemente, “Fuente Chiquita”. Con esta denominación se buscó diferenciarla de otro manantial, localizado al occidente y cuyo líquido fluía en sentido opuesto, “de Poniente a Oriente”, al cual se le conoció en un comienzo como “Fuente de Aguayo” en reconocimiento a Jerónimo de Aguayo, el capitán a quien le fueron otorgados los terrenos donde se encontraba. Sus proporciones mayores lo distinguieron de su par menor y con el tiempo llevaron a nombrarlo de una forma también sencilla pero suficientemente ilustrativa: “Fuente Grande”. Ambas fueron proveedoras naturales del esencial recurso para los habitantes del poblado súbdito de la Corona española.

La ciudad establecida por los colonos −el actual centro histórico− se asentó al suroccidente de aquel valle, de ahí que era necesario transportar el agua desde la fuente hasta las viviendas. Para los vecinos acomodados esta tarea era cumplida por sus criados, particularmente nativos, quienes hacían el recorrido en asnos que una vez abastecidos del líquido, lo llevaban en vasijas hasta las viviendas. Pero no todos contaban con este privilegio. Así, para muchos pobladores carentes de tales animales o de las riquezas propias de la pequeña élite −poco a poco consolidada− la faena de cargar los recipientes llenos resultaba agobiante o costosa, pues debían pagar a quienes les prestaran el servicio.

Ciertamente, fue necesario regular el acceso al valioso recurso. En 1546 se reunió el cabildo, regido por el capitán Suárez Rendón, con el fin de dictar un acuerdo destinado a controlar la distribución del agua pública y los sitios donde debía recogerse, como también a definir las penas para quienes violasen las disposiciones promulgadas. Medidas semejantes, relacionadas con las fuentes y el aprovisionamiento del líquido fueron emitidas a lo largo de la Colonia. Entre estas puede mencionarse una de 1567, cuyo propósito fue evitar la aparición en las zonas próximas a los manantiales, de posesiones particulares que privilegiaran a quien se convirtiera en dueño del terreno, pero afectaran el abastecimiento masivo. Así, en un acta de julio de aquel año se lee: “Con una cuadra de tierra a la redonda de cada una de las dichas Fuentes no se pueda proveer a ninguna persona y quede la dicha cuadra por tierra de cada una de las Fuentes y quedando en medio la fuente sea tierra libre”.

lavad IGAC1957Si bien ambos parajes también fueron reconocidos como destinos frecuentes para los paseos de baño, los tunjanos siguieron visitándolos −en especial la Fuente Grande− con el propósito principal de obtener la esencial provisión de agua. Ahora bien, aunque en distintos momentos se adecuaron acequias para conducir el líquido desde algunos de los nacimientos hasta las pilas situadas en plazas dentro del área urbana, Tunja careció durante la época colonial de un verdadero acueducto, realidad persistente tras la terminación del dominio español. ¿Por qué no se construyó un sistema de este tipo que aprovechara las fuentes? Según el informe presentado en 1896 al gobernador de Boyacá por Julio Corredor Latorre, director de la construcción del acueducto para la capital departamental, ambas resultaban inadecuadas para tal fin pues al ubicarse por debajo del nivel de la ciudad, sería necesario emplear maquinarias elevatorias para que el agua llegara hasta el área urbana. El costo del montaje y mantenimiento de dichos mecanismos, particularmente los de vapor, considerados como los más adecuados, sobrepasaría considerablemente a los ingresos obtenidos, y en consecuencia, la empresa arrojaría pérdidas. En palabras del experto, a este factor se sumaba otra adversidad: el volumen del líquido no resultaría suficiente para suplir la demanda cada vez mayor resultante del incontenible crecimiento de la población.

Hacia finales del siglo XIX se recibieron las influencias del higienismo, una corriente de origen europeo surgida en la primera mitad de aquella misma centuria. Sus pensamientos y preceptos apuntaban a tratar con atención la salud de la ciudad y sus habitantes, pues las enfermedades se consideraban como un fenómeno que afectaba a la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, era vital mantener la salubridad en el ambiente urbano y controlar las epidemias por medio de la dotación de agua pública saluble y cloacas, entre otros elementos.

lavad IGAC1973Estas ideas contribuyeron a la aparición de los primeros proyectos serios de dotar a Tunja de un acueducto, como también de organizar servicios públicos efectivos para los habitantes. En este contexto, en 1868 la municipalidad hizo construir en la ancestral fuente de Soja los primeros lavaderos, básicamente una alberca para el lavado de ropa, a la cual se agregó otra destinada al baño. Estas instalaciones comunitarias, junto a los propósitos del alcantarillado y el acueducto, dejaron ver las intenciones de adoptar políticas que buscaban modernizar al municipio, solucionar el problema de la incipiente distribución de agua y propiciar un ambiente más higiénico. En los años siguientes fue necesario efectuar labores de mantenimiento como las determinadas por la Ordenanza 47 de 1892, en que la Asamblea Departamental destinaba una suma para “reconstruir” la fuente. Más tarde se levantaron las pilastras de ladrillo con sus cobertizos destinados a proteger del sol y la lluvia a las lavanderas. En los años posteriores se requirieron más reparaciones en el lugar, entre ellas las efectuadas en 1919 en el marco de las obras conmemorativas del centenario de la batalla de Boyacá.

Como una expresión de esas intenciones higienistas en 1906 se logró llevar el agua a la ciudad mediante una tubería, pero el nuevo sistema no fue la solución definitiva al problema de la escasez crónica del líquido. Así, siguió siendo habitual ver a los aguadores desplazándose hasta los manantiales, usualmente acompañados de los insustituibles cuadrúpedos transportadores. Una curiosa nota aparecida en el número 34 del periódico La Labor, de septiembre de 1908, da una imagen de lo costoso que resultaba ese servicio para buena parte de la población. Titulada “El acueducto ambulante”, se trataba de una propuesta para establecer una agencia particular cuya función sería “poner diariamente el agua de la ‘Fuente Grande’ por un precio muy módico”, mediante su transporte en barriles. Según el empresario, las ventajas de esta potencial empresa eran innegables, pues el acarreo de cada día desde el nacimiento hasta una casa representaba para la respectiva familia un gasto no menor a $500 mensuales, “por pago y alimentación de muchacho, pastaje del asno, angarillas, barriles, etc., etc., aparte de las contingencias y disgustos que ocasionan a diario, el poco cumplimiento de los conductores”.

lavad IGAC1989Solo hacia 1930 se implementó un acueducto de aceptables condiciones que si bien siguió padeciendo inconvenientes (altos costos, daños, falta de cobertura total) “relegó” a los serviciales burros, tal como lo relata Julio Roberto Galindo en el libro de 1939 titulado Ambiente tunjano, al mencionar que hasta mediados de los años veinte en aquellos animales se transportaba el agua de la Fuente Grande, pero por el acueducto, ya nada valían.

Los manantiales coloniales se siguieron empleando para el abastecimiento durante la primera mitad del siglo XX. Simultáneamente, a medida que la expansión urbana fue rebasando el centro histórico de antaño, legado de la colonización española, en torno a los antiguos nacimientos se asentaron más y más personas. Así sucedió en la Fuente Chiquita, donde el lavado de ropa se había incrementado tras la construcción de los lavaderos y se hizo masivo cuando en sus inmediaciones aparecieron barrios como El Dorado, cuyos residentes transformaron la práctica en parte de la cotidianidad del paisaje local.

lavad IGAC2012Sin embargo, esa actividad convertida en costumbre, al igual que el manantial con su milenaria historia, tendrían una paulatina extinción. En 1990 se llevó a cabo una rehabilitación para poner de nuevo en funcionamiento los deteriorados lavaderos y restaurar tanto la cubierta como las pilastras de ladrillo que la sostenían. El principio del fin definitivo puede rastrearse a mediados de 1997, cuando la fuente se secó. En una nota aparecida el 3 de junio de 1997 en el periódico El Tiempo, los residentes del sector denunciaban la falta de agua como consecuencia de la construcción de un pozo profundo por parte de la empresa Alminera, contratada por la Alcaldía municipal. Según Marina Sánchez, una vecina por entonces administradora de los lavaderos, esa obra los dejaba inutilizables pues absorvía todo el líquido. En su defensa, el gerente comercial de la compañía culpaba a las pocas lluvias y al intenso verano del año previo como los verdaderos causantes del fenómeno y eximía de toda responsabilidad a sus perforaciones. Para paliar la situación se planteó la instalación de un tubo subterráneo surtidor. No es claro si la propuesta llegó a concretarse, pero si así fue no resultó suficiente: los lavaderos están allí aunque no se usan más y las tan celebradas aguas cristalinas ya no son siquiera un espejismo. Permanecen las pilastras y la cubierta, como queriendo todavía resguardar a los pocos interesados en leer los restos de una placa cuya casi ininteligible leyenda pretende recordar el valioso pasado de la Fuente Chiquita.

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