Lavaderos

Era una reunión habitual e incluso esperada. Las mujeres descargaban sus canastos cargados con toda la ropa que tras sus propias faenas, las de sus patrones o familiares, se había hecho merecedora de la dignidad del lavado. También llegaban sábanas, cobijas, quizá una cortina, en fin, todas aquellas prendas y similares que con el esfuerzo de las manos y la ayuda de una barra de jabón, quedaban nuevamente dispuestas para servir a sus usuarios. Por supuesto, todo era posible gracias al líquido cristalino, ofrecido en abundancia por las entrañas de la tierra desde tiempos inmemoriales. Mientras enjuagaban, restregaban y secaban, las lavanderas se ponían al tanto de sus historias más cercanas, se confiaban alguna infidencia, discutían los vaivenes de sus parroquias y ventilaban sus diferencias. Así habrían sido las jornadas en la Fuente Chiquita, uno de los manantiales ancestrales de Tunja donde además de manar el agua, utilizada para el sustento y el esparcimiento, los lavaderos allí instalados hicieron de una necesaria actividad doméstica, una tradición.


 

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Valor patrimonial

El lugar rememora los tiempos prehispánicos, cuando los indígenas se dirigían hasta el manantial allí existente para recoger el agua que brotaba y transportarla en recipientes hasta su poblado, en las proximidades del centro actual. Durante la Colonia, algunos residentes de Tunja iban al paraje a lavar sus ropas y bañarse, por lo tanto, se trata también de un recuerdo de dos prácticas del periodo, una propia de la higiene y otra de esparcimiento.

A su vez, los puestos de lavado remiten a los intentos de establecer políticas destinadas a dotar a la ciudad de servicios públicos. Esta introducción de un equipamiento comunitario para el uso masivo del agua es un hecho significativo, pues la precariedad en el suministro del líquido −con los consecuentes riesgos para la salud derivados de esa insuficiencia− fue una constante en la historia local.

Desde la visión arquitectónica, la obra se puede asociar con la técnica constructiva de acueductos de mampostería. Aunque el cobertizo es posterior a la construcción original de las albercas para el baño y el lavado, en dicha infraestructura sobresalen las columnas perimetrales en ladrillo cocido redondo pegadas con calicanto, los morteros de cemento, la cubierta con una sencilla estructura de madera en cercha, las tejas de barro y los aleros que resguardan la serie de lavaderos, también modificados en comparación con las sencillas lozas inicialmente instaladas. Este era uno entre un conjunto de sitios de servicios que han desaparecido, se han deteriorado o modificado, por lo tanto, resulta valiosa la permanencia y la recordación del espacio tradicional, pese a su abandono y sus cambios estructurales.

Otro valor patrimonial radica en la preservación de la funcionalidad: los lavaderos fueron empleados hasta finales del siglo XX por los vecinos del barrio El Dorado y de veredas aledañas. En esta continuidad histórica subyacen matices de identidad, pues para dichas comunidades el lavado y el encuentro en el espacio público en torno a una costumbre, quizá representaban componentes de sus vidas que les permitían reconocerse entre sí y como integrantes de una colectividad. Si bien este uso se ha perdido y la fuente ya no es observable, la estructura evoca aquellas prácticas, a lo cual se suma que su cercanía a zonas residenciales le confiere un potencial para integrar una ruta histórica de interés cultural.

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